«Tuve que hacerlo así. Tenía que fabricarte ese recuerdo».
Un viaje. Dos triángulos. Tres voces. Una vuelta de tuerca matriarcal a la road movie: padre e hijo salen a la carretera juntos, por primera y quizás última vez; mientras la madre toma la palabra y emprende por sí misma una segunda exploración, incluso más arriesgada.
Lito acaba de cumplir diez años y sueña con camiones. Mario está enfermo y tiene deudas con su memoria. Antes de que sea tarde, ambos inician un decisivo viaje en el que compartirán mucho más que tiempo y espacio. Acosada por la idea de la pérdida, Elena se sumerge en una catártica aventura capaz de desafiar sus límites morales. Adicta a la lectura, no dejará de toparse con su propia vida en los libros, o viceversa.
Alternando ternura y crudeza, Hablar solos se desplaza de la infancia a la perversión, de la familia al duelo. Una novela perturbadora que indaga en las relaciones entre Tánatos y Eros, planteando una pregunta de profundas consecuencias: ¿cómo afecta la enfermedad a nuestra forma de leer y de vivir el sexo?
En la novela se alternan tres voces (las de Lito, Mario, Elena) y tres formas de hablar (la mental, la oral y la escrita). El monólogo interior del hijo, Lito, despliega de forma divertida y poética los razonamientos de un niño. El monólogo del padre, Mario, es una voz adulta grabada, con expresivos rasgos de oralidad, articulada a modo de recuerdo y emocionante despedida. El monólogo de la madre, Elena, finalmente desarrolla una voz escrita, empleando los recursos literarios que le son propios. La novela se articula a partir de los cruces y contrastes entre estas tres voces, que dialogan sin saberlo. Solas y acompañadas.
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