Especial mujeres (impresa)
Tras un debate apasionado y caprichoso, el grupo de colaboradores de Arcadia escoge a las que considera las tres escritoras más importantes del país. La gran poeta (y también novelista), sin duda es Piedad Bonnett. María Cristina Restrepo y Yolanda Reyes, las grandes narradoras.
Por: Consuelo Gaitán
Publicado el: 2011-10-20
José Asunción Silva, Porfirio Barba Jacob, Aurelio Arturo, Luis Carlos López, León de Greiff, Álvaro Mutis, José Manuel Arango, Giovanni Quessep... ¿Dónde están las mujeres en la poesía colombiana? Se podrían aventurar muchas respuestas pero no es la hora ni el lugar. Solo aportaré un dato: la editorial más prestigiosa de poesía contemporánea en lengua española, Visor, inició su nueva colección Palabra de Honor, con estos nombres: Juan Gelman, Luis García Montero, Ángel González y Piedad Bonnett. Con esta voz poética, no es para menos. Este es su poema “Oración”:
Para mis días pido,
Señor de los naufragios,
no agua para la sed, sino la sed,
no sueños
sino ganas de soñar.
Para las noches,
toda la oscuridad que sea necesaria
para ahogar mi propia oscuridad.
Precisamente con su último libro, Explicaciones no pedidas, de próxima aparición en España, obtuvo el premio Casa de América 2011, distinción que se suma al Premio Nacional de Poesía obtenido en 1994 aquí.
Cuando se le pregunta a la escritora Piedad Bonnett cuál es su lenguaje natural, ella contesta sin dudarlo: la poesía. Y es que su más de media docena de libros lo atestiguan: allí hay una voz propia, poderosa y distinguible. El mundo poético de Bonnett es triste, muy triste. Desde sus primeros poemas son la soledad y el miedo la materia que circula por entre el lenguaje desprovisto de artificios:
De niña me fue dado mirar por un instante
los ojos implacables de la bestia.
El resto de la vida se me ha ido
tratando inútilmente de olvidarlos.
Y eso es lo que distingue su voz: esa manera contundente, casi valiente, de vivir el miedo, el desconcierto y los desarraigos que va brindando la existencia. No huye del dolor, descubre sus heridas, se lee a sí misma y se muestra como espejo ante nosotros, sus lectores, y nos devuelve esa lectura en forma de poesía y, a veces, logra que lloremos juntos: por la precariedad de un padre cargado de miedo y de miseria, por las incertidumbres de nuestros hijos, por el amante que se desvaneció entre sueños, por la casa familiar que ya no está, por la belleza imposible de una tarde... Su refugio es la poesía, les da forma a esos miedos primitivos y ancestrales, les opone resistencia con la palabra. Allí la verdad y la belleza van de la mano escuchando el rumor constante de la muerte, “porque no hay cicatriz, por brutal que parezca, que no encierre belleza”.
Pero la poesía de Piedad Bonnett está llena también de matices irónicos y de guiños a la vida. Con qué meticulosidad describe el orden cotidiano de las cosas, su misterio, los pequeños rayos que iluminan los recovecos del día a día, los caminos que se escogen sin buscarlo y las trampas que tiende la vida:
Innobles son los tratos que la vida propone.
Escoge —nos ladra la muy perra—
entre tu bilis negra y tu soberbia.
Cómo no esbozar una sonrisa ante el ofrecimiento que le hace al amante ausente y silencioso; no son reproches, ni pedidos, es el reflejo irónico de sí mismo:
Te ofrezco a cambio
todo el silencio que tu oído pide,
que tu corazón pide,
y de puntillas
salgo de ti.
En últimas, hay un gran consuelo en estas imágenes descarnadas e irónicas; son hermosas —“y va la soledad pegada al viento”—, nos sirven de asidero, serenan las congojas del alma — “es demasiado sol para mi pena” —, nos ayudan a vivir: siempre hay paz en la certeza.
cvtp
http://www.revistaarcadia.com/impresa/articulo/para-que-poetas-tiempos-penuria-piedad-bonnett/26380
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