08/06/2007 | Jorge Bezares / Diario de Cádiz

Alfaguara publica la primera novela de Óscar Lobato

Arturo Pérez-Reverte inmortalizó a Óscar Lobato en La Reina del Sur, "una tarde, tapeando donde Kuki -casa Bernal, una tasca de Campamento-".

Santiago López Fisterra, gallego, piloto de planeadora y transportista por cuenta ajena en el Estrecho, se lo presentó a la narcoreina Teresa Mendoza Chávez como "un conocido", que, para más inri, era reportero de Diario de Cádiz.

Entonces, Pérez-Reverte lo describió como un tipo "conversador, moreno, cuarentón, con un rostro lleno de marcas y cicatrices que le daba aspecto del tipo hosco que en realidad no era", y presentó las credenciales que atesoraba para convertirse en un personaje a la altura de su historia fronteriza: "Lobato se movía como pez en el agua lo mismo entre contrabandistas que entre aduaneros y guardias civiles. Leía libros y sabía de todo, desde motores a geografía, o música. También conocía a todo el mundo, no revelaba sus fuentes ni con una 45 apoyada en la sien, y frecuentaba el ambiente desde hacía tiempo, con la agenda telefónica repleta de contactos. Siempre echaba una mano cuando podía, sin importarle en qué lado de la ley militase cada cual, en parte por relaciones públicas y en parte porque, pese a los resabios de su oficio, decían, no era mala gente".

Pero mucho antes de que Pérez Reverte lo descubriera, Lobato era ya todo un personaje en Cádiz. Detrás de esta especie de perro verde de raza humana que encarna, habita un ser excepcional y un periodista sobresaliente. Yo tuve la suerte de hallarlos a los dos juntos una mañana camino de Rota, en mi primer encargo como periodista, a mediados de los años ochenta.

Me inyectó calidez y seguridad en vena, las dosis justas para superar la inseguridad del principiante, en un gesto de generosidad que lo define, y me ofreció una lección de periodismo cuando dictó de memoria por teléfono la crónica de la marcha a la Base de Rota a una secretaria de redacción de Diario 16 de Andalucía, sin notas, con puntos y comas, con antetítulo, título y sumario, sin trampa ni cartón. Desde entonces soy adicto a Óscar Lobato, militante de su ironía fina, de su escepticismo razonado y de su firme decisión de no perder nunca más el tiempo.

Ahora este personaje de Pérez Reverte, este personaje del periodismo gaditano, ha encontrado espacio y tiempo, y se ha salido de la obra y de la redacción para encontrar a su autor, para hallarse a sí mismo. Y fruto de un acto heroico que hubiera impresionado al mismísimo Luigi Pirandello, que encerró en una obra teatral memorable a Seis personajes en busca de autor, nace Cazadores de humo, una novela que verá la luz el próximo 13 de junio de la mano de la editorial Alfaguara.

Esta opera prima de Lobato es una novela sólida, con un trama argumental construida sobre personajes a los que presta parte de él y mucho de la fauna periodística universal para que puedan construir dos historias acerca de una misma realidad. Una versión está marcada por la urgencia y la ambición de una joven periodista, que se queda en la epidermis de la realidad pero se apodera de ella, y otra se cimienta en el rigor y la frustración de un senior, que llega hasta el fondo pero sin el más mínimo interés en trascender. Es el estrecho abismo que existe en el periodismo entre el éxito y la búsqueda de la verdad.

Sobre territorios que conoce como la palma de su mano -una redacción y la zona costera más oriental de La Janda, la más cercana al Campo de Gibraltar-, Lobato crea un espacio universal inmenso en el que cabe la zona de caza del monstruo más horrendo de la creación, el propio ser humano. Ante él, la bestia se convierte en un instrumento, en el último guardián contra aquellos que cruzan el Estrecho, sortean a la Guardia Civil y osan penetrar sin papeles portando una carga de mestizaje contra nuestro Primer Mundo. Sin noticias de Dios, las víctimas son corderos sacrificados, destrozados, en un juego infernal por cazadores tan exquisitos como depravados, herederos de aquellos que escuchaban a Richard Wagner mientras gaseaban a judíos, hijos de aquellos boers que se construyeron el régimen del apartheid para mayor miseria de la raza humana.

Además, Cazadores de humo es una novela que te atrapa desde la primera línea y te arrastra ansioso por conocer un final que resulta inesperado, sorprendente, oculto tras un ejercicio de oficio del autor. Por todo ello, sus más de 300 páginas son de lectura rápida, de varias noches de insomnio seducido por ramalazos de buena literatura.

Con un uso de la lengua exquisito que el mismísimo Caballero Bonald certificaría, Lobato derrocha en ella su saber enciclopédico sin darle más densidad de la necesaria a sus erudiciones, y tira de su finísimo sentido del humor con golpes memorables, golpes de Cádiz, pero con más vinagre.

Cazadores de humo también sirve para vislumbrar el principio de un autor importante, cuajado a pesar de ser ésta su tarjeta de presentación. Lobato, Óscar Lobato, apunta una carrera repleta de buenas novelas como autor, y algún día convertirá a Pérez Reverte en uno de sus personajes para cerrar el círculo perfecto de la amistad y de la creación literaria.

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