El pasado día nueve de marzo, a temprana hora de la tarde, un conocido me enteró que le habían dado el premio Alfaguara a un amigo...
Hay días en la vida de uno, no son muchos, en los que la monotonía vital, lo cotidiano se rompe y no es porque alguien te comunique que a un amigo, a un pariente, a un ser querido, le ha partido un rayo cuando estaba en sus menesteres. Hay días en los que uno siente como el acero frío del puñal que tantas veces nos atraviesa a lo largo de la vida, se convierte en una llamarada de alegría que te produce un respingo, un estremecimiento, una emoción incontenible que abarca todos los extremos de tu cuerpo, de tus entrañas, de tu alma.
El pasado día nueve de marzo, a temprana hora de la tarde, un conocido me enteró que le habían dado el premio Alfaguara a un amigo, a un compañero de naturaleza y residencia, un caravaqueño que lleva instalado varios lustros a orillas del Postiguet entre la “escuela y su casa”, enseñando una lengua muerta que intenta resucitar todos los días con su bondad de hombre grande, con su sabiduría interior, lejana a la presunción, cercana a la sencillez de quienes son, de verdad, grandes hombres. De inmediato me puse a buscar por la red. No había nada todavía. No sé por qué razón, me vino el nombre de Luis Leante. Dios me libre de los oráculos, pero así fue. Al rato, llevaba unos minutos aturdido frente al ordenador, comenzaron a venir recuerdos, recuerdos de su padre Valentín en su droguería de la calle Mayor, recorriendo todos los rincones del “Barrio Gótico”, con su inimitable manera de hablar, con su carácter estrictamente caravaqueño, con su “¡adiós maestros! ¡Qué pasa maestro!”, con su sombrero cordobés los días de viaje taurino; de su madre, persona buena donde las haya, trabajadora en la oscuridad, mantenedora, la discreción en persona, visitando un taller de costura de la calle Ballesta 35 que regía otra mujer infatigable, María García, un taller y una casa que uno ha vivido desde los diez años hasta hoy, casa enorme, destartalada en pleno corazón viejo del viejo, cansado, bello y maltratado corazón de Caravaca; de él, Juan Carlos, Gaspar, Andrés y otros amigos que andurreaban de calle en calle buscando el tesoro, tal vez una partida de futbolín, de canicas, llegar al bellísimo paraje de las Fuentes del Marqués o parapetarse en la Tercena de los “espejos” al calor del brasero.
Luis Leante nació en la zona más hermosa de Caravaca, un pueblo bello amenazado por la especulación inmobiliaria, por la depredación consentida, promovida, como tantos. Su padre atendía una modesta droguería con la ayuda de su esposa que se encargaba de administrar los posibles para sacar adelante una casa con tres hijos en tiempos difíciles. Frente a la droguería y alrededores, su casa, las viejas sastrerías de Amadeo y Jesús, el gran barbero Tipití, la mercería de El Pera, el estudio fotográfico del Pedro Antonio López, el Boti, las boticas de López Batú y Pascual Adolfo, con sus reboticas tertulianas, las tiendas de tejidos y ropa de Antoñiles y Pepe el de las confecciones, las paqueterías de Diego Marín y Nieto, auténticos bazares donde se podía encontrar lo inaudito, las zapaterías de Perico el Nino y la Española, al fondo la monumental Iglesia de El Salvador, construida inicialmente según trazas de Quijano, antes la “librería vieja”, lugar regentado por un teniente republicano refugiado entre libros de Marcial La Fuente Estefanía y El Coyote, soldaditos y puñales de plástico. Casas señoriales, confiterías, librerías, tiendas de ultramarinos como la de Alfonso López con olor a bocadillo de atún con mayonesa, bancos, en fin, era aquella calle, cuando nació Luis Leante, el centro comercial de una comarca que abarcaba varios pueblos de diversas provincias, Granada, Albacete, Jáen y Murcia. Una calle bulliciosa y bullanguera por la que inevitablemente había que pasar, la “Calle Mayor” de Bardem invisible para unos críos que sólo sabíamos de árboles, ríos, rúas empedradas o abarrancadas, desvanes, gatos y hogares sin televisión.
Luis tuvo los lujos que teníamos los zagales de aquel tiempo, un pantalón corto para los inviernos, un tirachinas, torrás con vino y azúcar, el olor de los hornos de pancocer, el privilegio de perderse por calles del siglo XVII, por la huerta, los ríos, las choperas, y entre los libros desde los diez años. Ese fue su particular “Macondo”. Todo lo que ha conseguido se lo debe a su familia y a sí mismo, nadie le ha regalado nada, antes al contrario. Ya se sabe lo que cuesta descollar en el mundo de las letras. Tesón, pasión, esfuerzo, resistencia y corazón le han llevado a conseguir uno de los premios más prestigiosos de la lengua castellana. El premio prestigia a Luis y le pone el mundo a sus pies, Luis prestigia al premio porque raramente un premio de esa envergadura se da a alguien que no tiene padrinos, y Luis no los tiene, aunque sí una obra sólida: El ejemplo humano y literario de Luis Leante debiera ser un aliciente para todos, quienes le anteceden y quienes le suceden, pues aunque ocurra raramente, demuestra que no sólo los malandrines, mandarines, despabilados, lameculos y paniaguados pueden “triunfar” en este país, también, con mucho más mérito y alzándose a cumbres mucho más altas, la gente trabajadora, silenciosa y honrada que es capaz de mezclar tesón, valía y esfuerzo personal sin más ambición que la de deleitarnos, hacernos mejores y más humanos. Además Luis ha tenido el valor de construir una novela de amor sobre un escenario patético, el drama de los polisarios, un problema humano de primer orden, un drama indescriptible que él ha tratado de poner otra vez sobre el tapete.
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