entrevista
Pedro Sorela desvela en esta entrevista algunas de las claves de su última novela, Ya verás. Para hacernos saber su opinión puedes participar en el blog del lector
PREGUNTA: Empecemos por el título. Ya verás, además de responder perfectamente al contenido y espíritu de la novela, es una clara invitación al lector a dejarse llevar, a descubrir de la mano del autor un nuevo y seductor territorio literario. ¿Qué verá el lector en esta nueva obra?
RESPUESTA: Pues la respuesta tiene 250 páginas. Pero me encantaría haber sugerido la idea de que una novela se puede desarrollar en múltiples lugares al mismo tiempo, como nuestras vidas, que los pasaportes son modernas y poderosas formas de mentira, que el oficio más duro puede ser rescatado por alguien con talento... Y me encantaría haber transmitido algo de mi fascinación por Marina, Bernard y Sol, Sole, Soledad…
P: Su obra narrativa se mueve alrededor de los mismos temas: el viaje, el descubrimiento, la búsqueda, y personajes que transitan con facilidad entre dos continentes: América y Europa. Incluso en esta novela encontramos puntos de conexión con obras suyas anteriores, como Trampas para estrellas y Cuentos invisibles,...
R: Aspiro a que mis personajes se muevan con igual soltura por los otros continentes, y espero haberlo comenzado a conseguir en esta novela. Y sí, en efecto hay ecos. Pasada la decena de títulos uno comienza a comprender que su mundo es uno y es inevitable que los libros se hagan guiños los unos a los otros. Y cómo no si son hijos y nietos. También dan igual los géneros, incluido el ensayo, la crítica, el periodismo... al fin de cuentas el escritor es siempre el mismo.
P: La estructura de la novela es compleja. Conviven distintas historias, en distintos ámbitos geográficos, con saltos temporales y generacionales y con elementos de la novela negra. Sin embargo, el lector va recomponiendo ese puzzle con enorme facilidad. ¿Cómo la llevó a cabo?
R: Como profesor, ahora, y como periodista, antes, he llegado a valorar muy alto la claridad. Puede que algunas veces la oscuridad sea necesaria -Lezama Lima, Góngora, Rimbaud...- pero son muy escasas. O sea que aspiro a ahorrarle al lector esfuerzos innecesarios, entre otras cosas para que los realice donde sí son necesarios. Y todo buen lector sabe que cualquier libro digno de ese nombre es poco menos que infinito.
P: Algunos de los capítulos de la novela funcionan como relatos independientes…
R: Quizá la novela es una de las artes más completas, pues reúne a casi todas las demás: desde la música hasta la plástica, el teatro, sin duda la poesía (Faulkner decía que una buena novela es como un extenso poema y desde luego las suyas lo eran), para qué hablar del pensamiento… yo creo que una buena novela es hasta ritmo y baile. O sea que no renuncio a nada. Lo difícil es conseguir que todo sea necesario y que todo se una en una única música.
P: Esta es una novela con muchas lecturas. Podría decirse, de un modo demasiado simplista, que Ya verás es también una novela sobre pilotos y azafatas, no demasiado bien parados, por cierto: soledad, promiscuidad, “pequeños contrabandistas”, consumistas,… ¿Cree que le volverían a dejar subir a un avión?
R: Desde luego me harían la pascua si no me dejaran. Pero no, por el contrario tengo una muy alta idea de la aviación, y un par de amigas azafatas me han dado muy buena información para mi libro. Ocurre que a través de los pilotos y azafatas (también es piloto Bernard, otro tipo de piloto) he procurado hablar de esa tragedia contemporánea de tantos y tantos oficios que antes fueron riesgo y aventura y ya no lo son. Trágico. Y a través de Sol procuro ofrecer una alternativa. Cómo hacer del oficio de camarera volante un trabajo extraordinario.
P: Tres de Marzo se configura como una ciudad literaria en alusión a su Bogotá natal y como uno de los principales protagonistas de la obra. ¿Por qué?
R: Ahí está. En esta y otras novelas mías Tres de Marzo aparece como una ciudad literaria –aunque en “Ya verás” al fin consigo llamarla por su verdadero nombre-, porque siempre tuve con Bogotá una relación compleja y nada fácil. Y siempre me siento incómodo con expresiones como “su Bogotá natal”, pues no me reconozco en todo lo que eso implica. Yo soy hijo de un español y una colombiana, ambos viajeros por no decir nómadas y de familias a su vez nómadas, y nada más nacer me llevaron fuera de Colombia, adonde regresé para hacer el bachillerato, en un liceo francés, y salir después, ya definitivamente. Hay por lo menos tres ciudades en las que he vivido más tiempo que en Bogotá, aunque quién sabe si con tanta intensidad: qué diablos, al fin de cuentas allí me pasó por primera vez todo lo importante. Es sin duda una parte de mi pasado, intensa, dolorosa y luminosa al tiempo, pero sólo una parte. Y de eso, justamente, trata el libro, y no de otra cosa: de la complejidad de las llamadas “identidades” (y detesto este lenguaje políticamente correcto), que ahora, una vez más -y llevamos ya no sé cuantos siglos y se entiende pues es el mayor negocio jamás inventado-, se quiere reducir a patrias, determinismos poco menos que antropológicos y nacionalidades, como siempre. Sucede que ya no creo que quepamos en ese lenguaje caduco y creo que en un futuro, que ya ha comenzado hace rato, todo el mundo tendrá su país particular, lo cual, según se mire, también es una alternativa a la globalización con la que nos amenazan como si fuese el coco. Quien no vea esto es que no ha salido a la calle desde hace décadas. Igual que Sol, mi personaje, yo estoy hecho de múltiples mitades, y casi casi desde que nací. Me siento cómodo así y si alguien no lo entiende, el problema es suyo, no mío. Para estar todavía más cómodo, en la medida de mis posibilidades intento combatir, ya sé que inútilmente, pero casi todas las batallas de un escritor son inútiles, ese lenguaje de plantilla.
P: La voz del narrador, que podría ser la suya propia, se constituye también en uno más de los personajes, alternándose la tercera y la primera persona. ¿Cómo da ese paso?
Bien, ese es el otro gran tema, no sólo de mi libro sino de toda la novela contemporánea. Creo que una novela es también una elección filosófica y moral y, por razones muy complejas, el problema central del narrador -el primero que se lo planteó fue Flaubert- es a mi juicio con qué autoridad habla. Cuáles son las reglas que se auto concede incluso para inventarse una ficción (una de las formas de la verdad, si es buena), y sobre todo con qué recursos se arma. Piénsese que casi toda la novela clásica está escrita en tercera persona y buena parte de la contemporánea, en primera. Eso es ya un diagnóstico filosófico y moral de nuestro tiempo. Yo alterno, en efecto, y espero haber dejado claro en el libro las razones por las cuales lo hago.
P: En Ya verás el lector podrá encontrar también una mirada de crítica social, centrada especialmente en la dosis de hipocresía de la alta sociedad latinoamericana obsesionada en mantener a toda costa su estatus y sus privilegios.
Yo creo que ya lidié con eso en otros libros míos, como Huellas del actor en peligro y Viajes de Niebla, y en éste, en sólo partes del libro, referidas a hace un siglo y hace medio, más o menos. De todas formas quisiera subrayar que la realidad latinoamericana va a toda velocidad y cosas que eran ciertas hace un siglo ya no lo son. Basta leer los periódicos. Esos burgueses privilegiados y más o menos clásicos que menciona son poco menos que discípulos de fray Bartolomé de las Casas al lado de las nuevas oleadas de nuevoricos, de gran ferocidad y peligro, que han volatilizado, borrado y hasta hecho olvidar a sus antecesores. Pero ya sé que es difícil de comprender, desde Europa, a qué velocidad cambian las cosas en Latinoamérica. Aunque otras también son eternas, y no siempre las mejores.
P: Otro de los aspectos interesantes de la novela es la reflexión sobre la situación actual de la Universidad. Usted es profesor en la Universidad Complutense de Madrid. ¿Cuál es su estado de salud?
Grave.
Me podría extender mucho pero sólo recordaré algo que ya se ha dicho y es que la universidad es uno de los pocos lugares adonde nunca llegó la Transición, o al menos una que atendiera a criterios científicos o pedagógicos y no políticos, y no parece que las cosas vayan a cambiar. Las reformas que se proponen son a corto plazo, en el mejor de los casos. Y las que vienen de Bolonia parece que tienden a reconvertir la universidad en una gigantesca Formación Profesional a todos los niveles. Yo, por el contrario, creo que la universidad es un testigo de su sociedad, un reflejo, un síntoma, y el resultado no de unos años sino de décadas y hasta de siglos. Y tenemos la universidad heredera de la Historia, que cada cual ponga el origen donde le apetezca. Yo a veces encuentro antecedentes directos hasta en el Siglo de Oro. Pero el resultado, el único resultado final es el de generaciones enteras de jóvenes que son Ferraris (todo joven es un Ferrari por principio) tratados como si fuesen Seiscientos. Y eso no puede por menos que sublevar a cualquier profesor que tenga un par de ojos en la cara, y subleva al personaje de mi novela cuya lucidez se debe, entre otras cosas, a que no es un profesor haciendo oposiciones a cátedra y contabilizando créditos como unidades de poder sino un explorador que pasaba por ahí. Creo que la educación es con diferencia el problema más grave que tiene este país, entre otras cosas porque casi nadie se da cuenta.
P: Algo más que añadir...
R: Ya verás.
Blog del lector: Sobre naciones y patrias
Santillana Ediciones Generales S.L.
Avenida de los Artesanos 6, 28760 Tres Cantos, Madrid.
Teléfono: 91 7449060. Fax: 91 7449224.
Mail: alfaguara@santillana.es